El cielo es azul, cenizo, miedoso, como si hubiese tenido un gran susto y no se acabase de reponer del todo. Ni siquiera tiene nubes que lo tapen y camuflen su lividez. Camino por árboles tiesos y expuestos, despojados hasta la última hoja. Se miran como peleles huecos y lobotomizados porque se han olvidado de que son árboles y se han quedado allí pasmados esperando a que un rayo venga a recogerlos. Y sin embargo, a lo lejos en el horizonte hay vida y colores y pienso que todo es cuestión de tiempo y espacio, que la perspectiva siempre guarda los mejores momentos a una distancia prudencial para que puedas disfrutarlos. Pero sigo andando y las sombras se alargan y los árboles te miran menos y el horizonte se convierte en una boca seria y rígida sin intención de soltar ninguna palabra. En su línea muestra los colores y las formas de una realidad tan distinta que parece otro planeta. Me resigno y renuncio a cualquier tipo de comunicación. Dejo que el silencio abra el camino...